Nuestro tiempo ha creado lo que se ha venido en llamar “expresiones de bulto”. Y nada más bultero como el mal llamado arte contemporáneo. Cualquier simple reflexión sobre las instalaciones del arte contemporáneo actual nos lleva irremediablemente a figurarnos un circo, un carnaval ya que esas manifestaciones se están quedando sólo en eso, en payasadas carnavalescas, y no en la representación del objeto moderno descontextualizado que visualizó Duchamp.
Esas expresiones, sobre todo las instalaciones, se han refugiado en el escándalo mediático, donde lo que más suena es el dinero pagado por una obra. Y ese escándalo mediático es el que crea al comprador mediático, al que busca hacer bulto exhibiendo, a través de compras exageradas y sobrevaluadas, una fortuna y unos recursos a los que es imposible llamar riquezas.
La universalidad de la imagen artística no hay que buscarla fuera de la imagen creada.
El caos visual -provocado intencionadamente- por los “instaladores” contemporáneos, trata de confundir sólo con ruido visual. La imagen creada desde el punto de vista de un artista -que es una imagen autónoma, con un mundo propio- no tiene nada que ver con los aspavientos de multitud de significados diferentes, incoherentes e intrascendentes, que por sí mismos no tienen vida propia, sino referencial a otros estadios del discurso visual.
La gran cantidad, aparatosidad y poca calidad de los materiales en que están ¨creadas¨ las instalaciones contemporáneas las llevan a preparar su propio certificado de defunción. Hasta hace poco tiempo muchas de esas instalaciones estaban destinadas a oscuros rincones de almacenes museísticos, pero ya no caben. Ahora hay que “documentarlas”, es decir, hacerles fotos, etiquetarlas y olvidarlas.
En arte es nula e intrascendente toda repetición. Parafraseando a Ortega y Gasset, se puede decir que cada estilo que aparece en la historia puede engendrar cierto número de formas diferentes, dentro de un tipo genérico. Pero llega un día en que la magnífica cantera se agota, se llega a un límite y se convierte en prisión de la que hay que salir. El mercado del arte -ahora dominado por publicitarias- ha hecho que un nombre, digamos Damien Hirst, Jeff Koons o algunos “creadores” locales, sea La Obra. Se conocen más sus nombres que sus producciones.
Se vende la firma, la marca, y nada más. De hecho, se podría cotizar a elevados precios a un artista inventado, inexistente, sin que nadie haya visto una sola de su supuesta producción, sólo mercadeando el nombre.
Quieren crear en la nada. Quieren evitar las formas. Considerar el arte como juego y nada más. Y es que, como diría Azorín, para hacer otro arte, para crear otra estética, sería necesario crear otro mundo y otras gentes.
Fernando Casanova es abogado y máster en regulación económica
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