Este país no tiene ciudadanos y, por tanto, no tiene sentido hablar de “ciudadanía”. Este país tiene simples habitantes. Pues si tuviera ciudadanía todo el mundo cumpliría sus deberes y defendería sus derechos; las leyes serían respetadas por los de abajo y por los de arriba, y no habría necesidad de dictarle a nadie hasta qué hora parrandear, con una ley tan bobalicona como la que pretende Franklin “Pilarín” Almeyda después de perder la batalla contra los colmadones.
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