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Reverberancias

Martes 08 de Junio de 2010 Marcos R. Taveras
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La nada y el no
“Carencia absoluta es la nada”, interrumpía mi padre cuando uno de sus hijos pronunciaba expresiones como  “no sé nada, no me gusta nada, no quiero nada…”, y seguía explicando, “si niegas saber (gustar, querer) nada afirmas su antónimo”.

Entonces, dime, hijo, ¿cuál es el antónimo de nada?  Un día, uno de nosotros le preguntó si la afirmación del antónimo no era una interpretación extremista.

Tras argumentos, aceptó una modificación interpretativa del significado de negar la nada en el sentido de afirmar algo diferente a carencia absoluta; es decir, acepto su equivalencia a afirmar cualquier entidad o subconjunto propio del conjunto evaluado, con excepción del conjunto vacío, pero incluyendo el antónimo.

Se convirtió así la negación de la nada en afirmación de cualquiera cosa diferente al significado que se pretende comunicar.

Por eso nuestra conversación tenía que acudir mnemotécnicamente a la simbología lingüística guardada por nuestro cerebro para captar los significados de los demás, porque es fácil para los demás captar significados correctos de los ajustes a nuestras expresiones que sustituyeron el no nada por simplemente nada y cambiaron de posición en la frase la conjugación verbal, como, por ejemplo, no sé nada por nada sé.

De esa forma procuramos que siempre se entendiera de nuestras expresiones que la negación de la nada no tenía el mismo significado que la afirmación de ésta, aunque dejábamos a la capacidad de inferencia del interlocutor la posibilidad de conseguir apoyo para un cambio en el lenguaje coloquial que todavía se me hace importante.

Mientras estudiaba en Monterrey, México, durante el primer quinquenio de la década de 1960, noté que los mexicanos, los regiomontanos cuando menos, preferían que el interlocutor infiriera de sus expresiones la negación, cuyo aprendizaje nos ocasionó, a mí y mi esposa, el enojo del primer matrimonio de que fuimos amigos.  Invité a mi único compañero de estudios como yo casado, a cenar con nosotros el próximo sábado.  Le alegró la invitación y la aceptó.

Me dijo: “nomás que yo puedo estar en tu casa hasta las ocho pm”.  No importa, le dije, está bien, los esperamos.

Mi esposa y yo preparamos platos de la cocina regional dominica y nos afanamos para que estuvieran listos para las seis de la tarde, de manera que los amigos pudieran disfrutarlos antes de partir a las ocho a cumplir sus compromisos.

Pasó el tiempo y los amigos no llegaron.  A las ocho y media nos fuimos al cine que quedaba cerca de nuestra dirección, a disfrutar una película muy popular.  Allí cenamos, deglutiendo numerosos platillos mexicanos.

Cuando volví a ver el amigo, el próximo martes, le pregunté si se había olvidado de la invitación.  Me dijo, algo enojado, que no, pero que cuando él y su esposa llegaron a la dirección que le di, nosotros no estábamos en la casa, y que él me había dicho que llegarían a las ocho pm y que eso en México significaba puntualidad mexicana, o sea, tiempo aproximado.  Le respondí que yo había interpretado su información en el sentido de que a esa hora se tendrían que irse de mi casa.

Nosotros estaremos en tu casa hasta las ocho, para nosotros expresa el momento de partir, para el mexicano el de llegar.  Le dije a mi amigo que habría entendido su mensaje si no hubiera eliminado dos palabras que faltan en la expresión.  Nosotros NO estaremos en tu casa SINO hasta las ocho.

Como aceptar mi explicación le habría implicado también aceptar que los que se comen las eses pueden conocer mejor el idioma, solo mantuvimos en lo adelante relaciones de compañeros de estudio.
Y dizque hablamos el mismo idioma.
Marcos R. Taveras
http://www.scribd.com/doc/32178802/La-nada-y-el-no
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Comentarios (1)

G. Alba S.
Marcos,
Muy interesante articulo. Lo que planteas de las diferencias idiomaticas regionales, se hace mas critica cuando de terminos tecnicos se trata. Creo que los linguistas de nuestro idioma comun deberian trabajar estos temas.
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