En The History Channel, ícono de la televisión global, pasan una y otra vez un reportaje que cuantifica el consumo promedio de una persona en el transcurso de su vida. Las estadísticas van desde la cantidad de libros que una persona lee hasta los tomos que se pueden editar con el número de palabras pronunciadas en su paso por la tierra.
El cálculo abarca el consumo de pampers, de leche, vestidos, vehículos, de amigos, de pastillas tomadas y la distancia recorrida, comparada con la ida y vuelta a la luna. Al describir la cantidad de desperdicios se concluye que el hombre no ha traído nada a este mundo ni nada llevará.
Cuando se rumoró que Fouché y Tayllerand conspiraban contra Napoleón, el mandatario le dijo a Tayllerand: “Usted es un cobarde, un hombre sin credo y sin fe. Para usted nada es sagrado. De ser necesario, vendería a su propio padre. Lo he cubierto de riquezas y honores, y, sin embargo, no hay nada que usted no haría para dañarme.”
Y no se detuvo ahí Napoleón y prosiguió: “Lo que usted merece es que lo quiebre como si fuera vidrio y yo tengo el poder de hacerlo, pero lo desprecio demasiado como para tomarme esa molestia”.
Como entre quien reina en un Palacio y sus colaboradores se cuecen hasta los secretos más íntimos, Napoleón recriminó a Tayllerand: “Usted no es más que un pedazo de mierda con medias de seda. Usted nunca me dijo que San Carlos era amante de su esposa”.
Aquí Tayllerand respondió: “Por cierto, señor, no se me ocurrió que esa información tuviera alguna relación con la gloria de su Majestad o la mía propia.”
Sin embargo, lo que se ha acuñado en las páginas de la historia para rememorar esa figura ha sido la expresión de Tayllerand cuando Napoleón le dio las espaldas después de los insultos: “Qué pena, caballeros, que un hombre tan grande tenga tan malos modales.”
Pero de otro hombre tan grande en la historia como Napoleón, Carlos Magno, se cuenta una expresión que, sea verdad o ficción, no pierde su carácter filosófico.
Cuentan que Carlos Magno reunió un día su mando superior y le ordenó que en el ataúd donde debería ser sepultado tuviera dos hoyos en los lados. Al preguntarle por qué, Carlos Magno contestó: Para sacar las manos por cada uno de los lados y que el mundo vea que a pesar de las batallas ganadas y los terrenos conquistados, no me he llevado nada.
Rafael Grullón es periodista
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