Fui el primero en revelar la existencia de un movimiento a lo interno del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), que postularía al ingeniero Miguel Vargas Maldonado como presidente de la organización, en momentos que había casi un consenso en torno a la figura del doctor Emmanuel Esquea Guerrero para ese puesto.
Cuando me enteré de esos planes, los consideré como un error, pues entendía que Vargas debía concentrarse en su proyecto de volver a ser el candidato presidencial del partido, para lo cual tenía una sólida ventaja frente a cualquier otro aspirante, por el hecho de haberlo sido en las últimas elecciones del 2008 y alcanzado más del 40 por ciento.
Pero sus asesores entendían que eso era lo mejor y más conveniente para sus aspiraciones presidenciales. Tener la presidencia del partido, el control de los organismos, poder designar los candidatos para las elecciones congresuales y municipales, era lo más conveniente para Vargas Maldonado, según sus seguidores.
Olvidaron que el partido en el cual estaban elaborando esa estrategia para Vargas Maldonado era el más abierto y democrático de la historia política dominicana, donde cada uno de sus miembros tienen los mismos derechos y que ni su más grande líder de todos los tiempos, el doctor José Francisco Peña Gómez, pudo manejarlo antojadizamente.
Hay que recordar que cuando el doctor Peña Gómez, como líder del PRD se involucró en la lucha de tendencias y dejó de ser árbitro, las bases de su partido, por primera vez, le perdieron el respeto.
Quienes veíamos un error que Vargas Maldonado aspirara a la presidencia del PRD, y como él mismo dijera y sus seguidores también, para asegurarse la candidatura presidencial del 2012, advertíamos que eso iba afectar su ascendente liderazgo y que el partido se quedaría sin un mediador, sin un ente armonizador, papel que muy bien supo jugar el doctor Peña Gómez.
Pero además, advertíamos también que al involucrarse en la lucha grupal, como lo ha hecho, el presidente del partido no iba a trabajar para la organización, sino para su grupo, como ha ocurrido.
Colocando a seguidores suyos en los organismos de dirección, golpeando a quienes no responden a su grupo, reservándose candidaturas para beneficio de los suyos y quitándoselas a quienes incluso ganaron en convenciones, estaba generando un gran disgusto y minando el liderazgo de quien debe ser el presidente del PRD, no de un sector.
Ese malestar se vio en las elecciones y los resultados no se hicieron esperar, como tampoco han dejado tiempo para la espera los reclamos de que Miguel Vargas renuncie y de paso a una nueva dirección.
Daniel García Archibald es periodista
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