En las elecciones legislativas del 2006, un joven dirigente político aspiró a una diputación por una de las circunscripciones electorales del Distrito Nacional y sacó más de 10 mil votos. No hay que decir que el hombre ganó y que hoy es diputado, porque es difícil que alguien logre esa cantidad de sufragios y se quede fuera del pastel.
Sin embargo, debo decir que a mí personalmente me sorprendió esa votación. Conozco un poco de la política criolla, y además, he vivido gran parte de mi vida en esa demarcación electoral por lo que tenía razones para encontrar sospechosamente excesiva la cantidad de votos lograda por este joven dirigente en su primera experiencia como candidato.
Pero más sorpresivo resulta que cuatro años después, ese mismo diputado ha quedado descartado para ocupar una curul. El escenario es igual, los contrincantes son básicamente los mismos, y no ha ocurrido acontecimiento alguno que pudiera cambiar la percepción de los votantes. Sin embargo, la votación alcanzada por este candidato hace cuatro años fue exageradamente alta y ahora fue tan baja que no logró “pasar” o “cruzar”, que son los términos que se utilizan como equivalentes a “ganar” en estos procesos.
El caso de este diputado es solo un ejemplo de las cosas extrañas que ocurren con el denominado voto preferencial. Diputados que hace cuatro años arrasaron y ahora no le alcanzaron los votos para repetir; candidatos que prácticamente no hicieron campaña y que le ganaron a otros aspirantes que estuvieron muy activos, y hasta se dio el caso de un aspirante que fue movido de circunscripción a última hora y sin embargo tuvo mejor desempeño que otros que se han mantenido durante años trabajando en esa demarcación.
Esto, sin mencionar lo obvio. Es decir, candidatos que se imponen porque tienen recursos en detrimento de otros que pueden hacer mayores aportes al Congreso, pero están “en olla” y dirigentes de un mismo partido que se involucran en una lucha a muerte, provocando a veces rupturas de viejas y estrechas relaciones.
El voto preferencial es, en teoría, un avance de la democracia, ya que le permite al ciudadano escoger directamente a quien lo representará en el Congreso. En la práctica, ha salido la sal más cara que el chivo.
En cada proceso en el que se utiliza esta modalidad, aumenta el número de situaciones escandalosas y aberrantes y, créanme, que son más las que no trascienden. El voto preferencial fue en su momento, considerado como un avance, pero lamentablemente, tendremos que dar un paso atrás si no queremos hacer más daño a nuestra débil democracia.
Héctor Marte Pérez es periodista
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