Este es un país “insólito”, frase atribuida a un reconocido erudito e intelectual del siglo XX, es decir, un país que exhibe un comportamiento contrario a las buenas costumbres que lo han caracterizado a través de su historia.
Haciendo un análisis con detenimiento, podemos observar la gran desorganización con que se desenvuelven algunas actividades cotidianas de este país, y muy en especial el tránsito vehicular.
Basta con observar las constantes violaciones que se producen a diario en las principales estructuras viales construidas a propósito de la modernización y ordenamiento del tránsito, como son los elevados, túneles y pasos a desniveles, edificados en las principales avenidas de la capital y otras ciudades importantes del país.
Aquí usted está en presencia de la circulación de vehículos que no están autorizados a transitar por estas estructuras, sin que ninguna autoridad ponga algún interés a esta situación; no obstante, el peligro que representa esta práctica, la cual ha cobrado ya varias vidas; salvo algunas excepciones en que se llevan a cabo improvisados operativos para amonestar a los violadores de la ley; sin embargo, a la operación no se le da continuidad, por lo que se sigue cometiendo la infracción, amparados bajo la cultura del caos y la tolerancia absoluta.
Si existiera en el país la voluntad de dar cumplimiento a las leyes de tránsito existentes, aplicando los correctivos de lugar para hacerlas cumplir, entonces sí pudiéramos disfrutar con seguridad de un verdadero sistema de tránsito organizado sin que esto dé motivo a preocupación alguna. En la dramática situación que se desenvuelve el tránsito en la República Dominicana intervienen tres actores principales; a saber: los peatones, los motoristas y el transporte de pasajeros (autobuses y carros de concho). Los primeros en violar las leyes y contribuir a empeorar aún más el caos, son los peatones, en su mayoría adultos.
Aquí es normal observar como al cruzar un paso peatonal, regulado por un sistema de luces (semáforo), ni siquiera ponen atención al cambio de luces, con lo cual ponen en riesgo su propia vida.
Otro personaje que interviene es “el motorista”, el cual tiene por mala costumbre no respetar ningún tipo de señal de tránsito, se mueve en cualquier direccion y hasta utiliza los espacios peatonales, esto sin contar en la mayoría de los casos con la protección que se requiere para poder circular en las vías correspondientes.
Por último, está el emblemático transporte público, donde se pone en evidencia el mal estado que refleja una gran parte de las unidades, poniendo en riesgo la vida de miles de ciudadanos.
Félix Díaz es economista
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