Si la memoria no nos falla, fue en el concierto Lo Cortés no quita lo Cabral, que Facundo Cabral contó que cuando a Gabriel García Márquez le entregaron el Premio Nobel de Literatura los periodistas trataron a la madre del escritor, la cual respondió: “Yo no sé nada de literatura.
Lo que sí sé es que el Gabo tiene buena memoria, porque todo lo que ha escrito se lo han contado”. Gabriel García Márquez, como todos los hombres rurales que les sobra el tiempo y le faltan los recursos, creció escuchando las vivencias de los viejos.
Por eso escribe: “Nunca se me ha ocurrido nada que sea más asombroso que la realidad”. Llegó temprano a la conclusión de que el problema de los narradores y los novelistas latinoamericanos no es tener la imaginación para escribir, sino encontrar las palabras necesarias en nuestro idioma para describir sus realidades”.
Para escribir el Otoño del patriarca, García Márquez leyó, durante diez años, casi todo lo que se había escrito sobre los dictadores latinoamericanos. Entre las cosas extrañas de los dictadores de la región nos cuenta que Duvalier, en Haití, había hecho exterminar los perros negros, porque uno de sus enemigos, tratando de escapar a la persecución se había convertido en un perro negro.
El doctor Francia, en Paraguay, cerró la República como si fuera una casa y solo dejó entrar el correo. Antonio López Santa enterró su propia pierna en funerales espléndidos. La mano cortada de Lope Aguirre navegó río abajo, durante varios días, y quienes la veían pasar se estremecían de horror, pensando en que, aun en aquel estado, aquella mano asesina podía blandir su puñal. Anastasio Somosa Padre tenía en el patio de su casa un jardín zoológico con jaulas de dos compartimentos, en uno estaban encerradas las fieras, y en otro sus enemigos políticos.
En nuestro país ocurrieron hechos en la vida electoral que servirían para antología de lo increíble que narra un novelista como García Márquez, como aquella historia de Balbina Ramón, a quien a tres años y medio después de muerta, en el 1974 se le tomaron las huellas de los dedos pulgares y le hicieron un carnet electoral para que pudiera votar en las elecciones de ese año.
Los autores pasaron por alto o no tuvieron en cuenta que la doña que ponían a figurar, de estar viva al momento de las votaciones, tendría 105 años, mientras para la época los votos nulos eran vueltos a echar a las urnas como válidos a favor de un solo partido, se fabricaban votos en Miami para cambiar votos legítimos por falsos y en los potreros se podían encontrar las urnas llenas con votos de los opositores.
Pero los hechos novelísticos del fraude electoral que recordamos han quedado en el pasado.
Rafael Grullón es periodista
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