El mundo recibió en un triste documental imágenes de haitianos comiendo galletas hechas de barro por la falta de alimentos sin que ningún país, organismo ni político se ofreciera para mitigar esta triste realidad que fue incrementada por la inconmovible providencia con un catastrófico terremoto que se llevó más de 250,000 vidas y que sin dilación alguna fue asumida por el gobierno dominicano cual vecino natural que representa el familiar más cercano.
Varios días después Francia reclamó con cierta ira su condición de madre patria e hizo un escándalo internacional sobre una expresión humanitaria que el propio pueblo haitiano le ha reconocido a la República Dominicana poniendo a disposición de la desbordante cantidad de heridos por el terremoto todos sus centros hospitalarios y proporcionando alimentos y ayuda técnica para reparar plantas y medios de comunicación.
En medio de esta disputa Estados Unidos, siendo el último en llegar, se posesionó como dueño, amo y señor del pueblo haitiano, acordonó la zona marina para evitar una migración masiva de haitianos hacia su territorio y tomó los aeropuertos para depurar las ayudas enviadas al pueblo haitiano.
Frente a la calamidad haitiana han surgido varias propuestas que van desde la formación de una fundación encabezada por los ex presidentes norteamericanos George Bush y Bill Clinton, hasta un fideicomiso compuesto por Francia, Canadá, EE.UU. y República Dominicana para administrar el país más pobre de América permitiendo el manejo de las ejecutorias a los propios haitianos. Sin embargo, el aire de libertad que se respira en el mundo, mezclado con los orgullos de doble independencia como primera república de raza negra del mundo y primer país libre de América, se ajustan más a la figura de la República Federal para lograr una estabilidad perdurable y un desarrollo sostenible.
Una sociedad sin problemas migratorios que pueda ampliar de manera legal sus mercados laborales, su territorio y sus ofertas costeras, ajustando sus reglas territoriales sobre nacionalidad, idioma, religión y costumbres a leyes federales aplicadas por tribunales con jurisdicción en todo el territorio de ambos países.
Haití resultaría altamente beneficiada con el prestigio internacional de la República Dominicana y sus experiencias en el desarrollo medioambiental, turístico, agrícola e industrial, a la vez que ambos países ampliarían de una manera legal sus mercados laborales, donde cada uno de ellos mantendría sus reglas territoriales sobre nacionalidad, idioma, religión y costumbres como vemos en Rusia, EE.UU., Canadá y otras federaciones con siglos de existencia.
Rafael Franco Guzmán es abogado-periodista
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