Desde hace mucho tiempo el país viene escuchando acerca de un sistema modelo en las cárceles dominicanas que busca mejorar las condiciones de éstas y de los prisioneros.
Cada cierto tiempo se habla de la inauguración de uno de esos centros o la conversión de una cárcel del viejo sistema al nuevo, esto es un recinto moderno, o modelo.
La idea es buena y debemos apoyar a las autoridades en ese esfuerzo por construir más cárceles modelos y modernizar las viejas a fin de que nuestro sistema penitenciario sea más humano.
Sólo que parecería que las autoridades piensan en modernizar las cárceles, no el sistema carcelario, pues priorizan en la estructura, en el edificio, no en el ser humano.
Ese ser humano que habita en las cárceles no es tomado en cuenta en el viejo sistema y tampoco en el moderno a la luz de lo que viene ocurriendo en esos recintos.
Las condiciones de los prisioneros son las peores, a tal punto que de allí no hay la más mínima posibilidad de salir regenerado y en condiciones de ser reinsertado en la sociedad.
La promiscuidad, el hacinamiento, el horror, la violencia y la práctica de acciones ilegales, forman parte del modo de vida en nuestras cárceles, llamadas a ser centro de reeducación de quien cumple allí una condena por violar la ley.
Ni hablar de la falta de seguridad imperante en esos centros penitenciarios donde son frecuentes los motines y enfrentamientos que dejan como resultado heridos y en ocasiones hasta muerte.
Motines que a veces son el resultado de las mismas condiciones en que mal viven allí los prisioneros, pero que en ocasiones son provocados para eliminar a alguien, ajustar una cuenta o cobrar una venganza.
Uno de los hechos más reciente es del recluso a quien apodaban Alex el Pelotero, implicado en el caso Figueroa Agosto, muerto de varias puñaladas por otros prisioneros que, según las autoridades recibieron 200 mil pesos para llevar a cabo esa acción.
Este hecho, como muchos otros hablan del sistema carcelario que tenemos, pero sobre todo de la inseguridad que rodea a quienes guardan prisión en nuestras cárceles, lugares donde se supone una persona debe gozar de absoluta seguridad.
Una seguridad que debe ser extrema cuando se trata de un prisionero implicado en el escándalo de narcotráfico más grande de los últimos tiempos en el país. Sin embargo, este prisionero guardaba prisión en la cárcel de Najayo, desde donde fue trasladado a la Victoria, en un movimiento sospechoso.
Las preguntas que surgen ahora son, ¿quién autorizó su traslado?, ¿por qué lo trasladaron?, ¿quiénes lo mandaron a matar?, ¿quién pagó el dinero? y las autoridades del penal ¿dónde estaban?, ¿qué hicieron para evitarlo?
Daniel García Archibald esperiodista
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