Hay una manía de confundir la disciplina con la obediencia ciega y atemorizada. Cuando la persuasión no es capaz de motorizar un compromiso consecuente con una causa, un empeño tenaz y un resultado compartido entre jefes y subordinados, no hay tal disciplina, aunque haya obediencia.
Hacer hundir en el temor a una persona a la que se quiere motivar para producir, solo da resultado a corto plazo, porque cuando se asocia el trabajo o el estudio con una amenaza perenne de sanción, el mejor hombre puede desmandarse y quedar atrapado en la incertidumbre. Por eso siempre me ha parecido estúpido cuando un instructor deportivo ordena a un atleta que ha hecho algo mal que como castigo le dé “ocho vueltas corriendo al estadio” o “cinco cruces sin parar a una piscina”.
¿Cómo se puede considerar “un castigo” correr o nadar si una persona es atleta? Tal vez el verdadero castigo es sentarse a dialogar con él, explicarle cómo afecta una indisciplina su formación, cómo un joven con tanto futuro se deja distraer y no se concentra. No se trata de premiar la indisciplina, pero tampoco puede ser que una falta implique una condena infamante o una preparación extrema, porque se puede llegar a la conclusión de que quien comete una falta puede adiestrarse mejor. Lo mismo pasa cuando una profesora saca del aula a un alumno porque preguntó algo a otro, como si hablar en el aula fuera un pecado.
Se habla en un velatorio, en un hospital y no se va a hablar en la escuela, adonde se va a aprender. Un acto de indisciplina solo puede ser una lección para quien lo ha cometido si quien lo corrige tiene la habilidad de conversar sin gritar, de persuadir sin atemorizar y de dar oportunidad y confianza para que la próxima vez lo haga bien. De lo contrario, habrá obediencia, pero no disciplina.
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
Comentarios (0)