Jorge Luis Borges, quien leyó varias veces el Quijote en el tren de la casa al trabajo, escribió que el cuerpo del hombre está lleno de extensiones, pero que la única extensión del cerebro es el libro.
En estos días se recuerda a Kafka y su albacea Max Brod, quien encontró una nota del escritor ordenando enviar al fuego todos sus papeles, diarios, manuscritos, cartas, borradores y bosquejos.
Aquellos deseos obedecían a un hombre que moría de tuberculosis en un sanatorio, ya que sería extraño mandar a la hoguera una extensión de nuestro cuerpo.
Entre el libro y el lector hay una secuencia, y así como los autores se entregan a la escritura, olvidándose del mundo inmediato que lo rodea, el buen lector debe ser empedernido.
Vargas Llosa da cuenta de aquel lector que leía de la casa al trabajo, como Borges, pero a pies, y que sabía dónde había un hoyo, dónde había un palo, una pared o cualquier obstáculo que perturbaran su lectura.
Contaba Agripino Núñez Collado que participó en una conferencia que impartía Juan Bosch, que los estudiantes le preguntaron a Don Juan de cómo había logrado ser un gran escritor, a lo que respondió el maestro: “Me he leído once veces El Quijote”.
Caminando un día por una calle de la Capital, Juan Bosch le señaló una casa a Franklin Almeyda, quien lo acompañaba, y le dijo “ahí vive el mejor cuentista de este país”.
Franklin, quien entendía que andaba con quien había demostrado ser el mejor cuentista, se asombró, y Don Juan le aclaró “lo que pasa es que a ése buen cuentista no le gusta pasar hambre”.
José Ingenieros apuntó que uno de sus peores vicios era la lectura, ya que debía dejar de trabajar para tener tiempo para leer. Tenía por costumbre trabajar por un tiempo y con lo ganado trancarse a leer y a escribir hasta que se agotaban los recursos.
Por eso decía Federico Engels de Carlos Marx, que nadie había escrito tanto del dinero como el autor del Capital, careciendo del mismo.
Cuando alguien llega al estrellato en el mundo artístico se convierte en una empresa, como decía José José: “Tenía que cantar aunque no quisiera, porque de esta garganta dependían 50 familias”.
Al ver la entrega de los Premios Casandra nos dimos cuenta que nuestros artistas, que son los verdaderos administradores de los sentimientos y el espíritu de las grandes masas, y no los políticos, deben acercarse más como lectores a la literatura después de lograr el estrellato, aunque produzcan menos dinero.
Rafael Grullón es periodista
Comentarios (0)