Cuando un mediador trata de acercar a dos partes en conflicto, es normal que haya muchos detalles de las gestiones que no sean de dominio público, pero es riesgoso que las partes a concertar no estén al tanto de las gestiones concretas que se encaminan para tratar de llevarla al éxito porque el que se crea menos informado, puede abrigar la desconfianza.
No hay dudas de que el presidente Leonel Fernández acude como mediador entre Hugo Chávez y Álvaro Uribe con el interés de contribuir a mejorar la relación diplomática entre Colombia y Venezuela.
Lo que en un principio parecía una tarea relativamente fácil para el presidente dominicano, se ha complicado desde que Fernández, luego de reunirse con la secretaria de Estado de Estados Unidos, Hillary Clinton, en Guatemala, voló directo a Bogotá en la primera etapa de la mediación.
La Cancillería de Venezuela parece que ha filtrado su disgusto porque si bien conocía y aceptaba la labor del mediador, ignoraba las razones de su intercambio directo primero con Uribe, cuando lo lógico era que esa etapa debía armarla indirectamente y luego buscar un lugar neutral para encontrarse, cara a cara, los tres gobernantes.
Es probable que en el fondo Chávez esté indispuesto con Leonel porque éste no siguió en los hechos las tareas que trazó en Egipto (julio 2009), durante la XV Cumbre de los No Alineados, donde se comprometió a luchar por derrotar el golpismo en Honduras y restituir a Manuel Zelaya.
Con los meses, Leonel pasó a desarrollar la agenda del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, que fue la que impulsó el Departamento de Estado, que preveía el restablecimiento de la democracia en Honduras aunque Zelaya no recuperara el poder.
De ahí en adelante la historia de desplantes comenzó con el desinterés por la Refinería y no ha parado jamás.
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