Parece mentira y hasta cómico ver cómo los dominicanos se enganchan a una historia, cada día más novelesca, con alta dosis de morbo en el caso del narcotraficante Figueroa Agosto.
A raíz de este caso, han sido muchas las historias que se han desencadenando sobre la figura de este individuo y su corte de bufones, plebeyas y excentricidades.
Cuadro típico de cualquier narco que se precie. Cada mañana nos levantamos con un episodio tragicómico de esta crónica nacida y germinada hace 10 años o más, que llena de estupor a muchos conciudadanos.
A pesar de que la historia de este narcotraficante se vio empañada de silencio a raíz del terremoto en Haití, aunque ahora prosigue en los medios.
Las historias de este tipo de hechos se veían venir desde hace varios años, cuando las autoridades ya daban el primer paso en inmiscuirse en estos menesteres de alto rango y ocultaban la verdad al pueblo: las avionetas empezaron a caer sin previo aviso, los muertos comenzaron a contarse, los bienes inmuebles a nombre de esos narcotraficantes y sus testaferros fueron muy notorios y los millones iniciaron su especial cruzada en la especial lucha de comprar personas de cualquier rango y en cualquier menester.
En lo personal, no espero ningún desenlace de esta historia. Ni justicia ni claridad de ninguno de los hechos que ya todos conocemos.
Los muertos, muertos están, desgraciadamente. Y los prófugos, idos y bien lejos están, aunque muchos crean que le pisan los talones.
Los responsables de hallar una respuesta o varias respuestas a tantas preguntas inconclusas no saben qué más hacer para tratar de resolver una situación que desde el principio se les escapa de las manos, dado los “poderosos” individuos con nombres, apellidos y cargos sonoros involucrados en ese atolladero de Figueroa Agosto.
Que vale la pena recordar que no es ni será el único caso que vayamos a conocer. El narcotráfico ya está muy inyectado en las venas de nuestra sociedad, y no duden ustedes que al día de hoy y desde hace varios años ya vivimos dentro de la vorágine de un narco estado, aunque muchos no lo quieran reconocer dado su conservadurismo mental obsoleto.
El Gobierno se empeña en buscar una solución a esta novela que cada día suma más adeptos y descubre una maraña de seguidores “agostonianos” de apellidos hasta el momento impolutos de la sociedad que se dejaron llenar los ojos.
Pero el gobierno del presidente Fernández no lo tiene nada fácil, y muchos menos los jefes de los mandos militares y de autoridades que tienen la responsabilidad de dar con los culpables y castigarlos, porque irónicamente sus propios servidores están metidos hasta los huesos en esta historia con tintes de película de ficción.
Pero no es una ficción, es una lamentable realidad de cómo está nuestra sociedad y de quiénes nos rodean.
Dunia De Windt es periodista
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