Cuando llegamos a Migración de la frontera de República Dominicana con Haití nos recibió una comisión del consulado dominicano y la presencia de la autoridad agilizó el proceso hasta el punto que la Migración haitiana no nos firmó en el pasaporte a la entrada.
En el aeropuerto donde hay un gran letrero que anuncia los vuelos como La Aventura, pero en francés, al salir de Haití al otro día se produjo un choque de idiomas al tratar de explicar una salida de una entrada que no había sido registrada.
La primera conmoción que recibimos al llegar al hermano país, fue ver en el piso del vehículo de la comisión consular chalecos antibalas.
La misma imagen la recibimos en el Consulado Dominicano. El que estaba entregando los visados a la larga fila de haitianos tenía a su derecha una ametralladora Thompson sin escasez de cargadores porque había grandes convulsiones por la situación política del momento.
Cuando íbamos por la llamada carretera internacional, al lado izquierdo iban los niños con sus uniformes de cuadritos y sin los prejuicios de los adultos de su país y de sus vecinos, mientras al lado derecho se extiende como un brazo de mar el lago Azul, desmintiendo la escasez de agua y confirmando la falta de tecnología para procesarla y hacerla potable.
De los pudientes que viven en Petion Ville, una gran parte ha estudiado en la Sorbona de París, pero se pasean por el lodo de los mercados de Puerto Príncipe en sus jeepetas y se embotellan en las calles y callejones sin pasarles por la mente el Primer Mundo que han visitado.
Los dictadores cuentan con dos características, tienden a morir de la próstata –no sabemos si la causa está en sus extensos ejercicios sexuales– y hacen construcciones fastuosas, pero allí Duvalier y sus pichones no imitaron a los dictadores clásicos y dejaron a Haití sin construcciones sólidas y sin avenidas.
En el tiempo del viaje que le cuento, René Préval estaba en campaña y en la televisión haitiana se pasaba la imagen del ahora damnificado presidente de sus encuentros con el doctor Balaguer, Peña Gómez y Leonel Fernández, demostrando que ser amigos de los gobernantes dominicanos vende.
Cuando íbamos a tomar vuelo para salir de Haití en una pequeñísima avioneta, uno de nuestros compañeros de viaje se montó en el asiento derecho del piloto, quien al intentar cerrar la puerta le dijo que se esperara, aceleró el motor y al despegar extendió el brazo y la cerró, como hacían los choferes del concho dominicano hace más de tres décadas con las puertas de los carros Austin.
Al producirse el terremoto nos vino la imagen de aquel viaje al pasado en que vimos a Haití por primera vez y también del reportaje de Jacques Cousteau, que decía que los haitianos sembraban un árbol por la mañana y para cortarlo en la noche.
Rafael Grullón es periodista
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