El martes 12 de enero del 2010 será un día para recordar, pero asociado a una gran tragedia, debido al terremoto de 7.0 grados en la escala de Richter con unos efectos tan devastadores para el pueblo haitiano que tardará mucho tiempo en lograrse una recuperación con cierta amplitud, a pesar de la masiva ayuda de la comunidad internacional.
Hoy el panorama al otro lado de la frontera está lleno de estampas dramáticas y de desolación a causa del desastre, aunque como han señalado algunos analistas locales y extranjeros, el drama de precariedad y de impotencia de esa nación era anterior al sismo.
Haití es el país más pobre de toda América con una población de más de 8 millones de habitantes y 27,750 kilómetros cuadrados. Tiene 1,771 kilómetros de costas y 360 de frontera con la República Dominicana.
A pesar de las malsanas críticas del pasado de algunas organizaciones, nuestro país fue el que con mayor rapidez y decisión acudió en auxilio de los hermanos haitianos, y así ha sido reconocido, aunque todavía hay entidades y medios que lo ignoran o que citan el hecho solo de manera marginal, como si no tuviera importancia.
La isla la Española está comprendida por la República Dominicana y Haití que ocupa la tercera parte; según datos, es sismológicamente muy activa y ha experimentado significativos y devastadores terremotos en el pasado.
Sólo hay que recordar el que ocurrió en el 1946 que alcanzó una magnitud de 8 grados convirtiéndose en un tsunami, inundando varias comunidades en la provincia María Trinidad Sánchez, y que también afectó a Haití.
Viendo un poco los anales de la historia y todo lo ocurrido en ese hermano país, debemos aumentar nuestra fe en Dios y seguir invocando a la Virgen de La Altagracia, madre espiritual del pueblo dominicano, para que nos mantenga su manto protector.
Si analizamos los hechos del terremoto, cómo y dónde ocurrieron, donde decenas de miles de haitianos perdieron la vida, sus bienes, y todo está destruido, y nos situamos aquí en el país, donde no ocurrió prácticamente nada. Los dominicanos debemos mantenernos en oración y apego fiel a nuestras enseñanzas cristianas para contar siempre con la bendición divina.
Tomando en cuenta nuestra ubicación y lo frágil que somos ante eventos de esa naturaleza, nosotros lo que tenemos que hacer es tomar como referencia la tragedia que embarga al pueblo haitiano, para aprender de ella y educar a nuestros ciudadanos de qué hacer frente a un fenómeno de ese tipo.
Miguel Medina es relacionista público
Comentarios (0)