El amor no es una simple sensación de afecto, es una actitud que se refleja con lo que hacemos, incluso, con lo que dejamos de hacer, aunque siempre es más determinante lo que dejamos de hacer que lo que hacemos.
Hay quien dice que un gobernante es más recordado por las promesas incumplidas a su pueblo que por las buenas obras realizadas.
Es por esto que servir bien a un país dependerá de una decisión que estará sustentada en la íntima convicción de querer cambiar el paradigma del clientelismo y así dar paso a lo que –a mi juicio– sería la plataforma de un cambio de rumbo.
Esa transformación consistiría en la creación de la equidad de oportunidades, para todos, definiendo ésta como el derecho que tiene todo ser humano a tener alimentación, salud y educación sin mendigar ninguno de esos pilares.
En la economía, los bienes son escasos, y, como un buen proveedor, el gobernante debe repartir el pan de manera igualitaria entre todos sus hijos, sin privilegios.
Para esto es necesario crear una política de equidad basada en el amor que tiene que tener un gobernante, no solo por aquellos que en un momento coyuntural le favorecieron con el voto, sino porque consta en los designios de Dios que sea él primero dentro de sus iguales, cabeza entre cabezas.
Es falta de amor por su pueblo el sustrato que provoca en un gobernante que sea indiferente y, en ocasiones, hasta cómplice por inacción del crimen de peculado.
Quizá sea porque éste se haya acostumbrado a ver las cosas en blanco y negro, en lugar de percibir de ellas su color, porque así podrían distinguir el color de la miseria, del hambre, de la desesperanza, de la impotencia que genera la falta de sanción para aquellos que delinquen, tanto del sector público como del sector privado.
Es la falta de responsabilidad institucional que da paso a la impunidad, y esta es peor que la corrupción misma porque la alienta, la apaña, exaltando con esto los estímulos necesarios para robar, traficar y matar a sabiendas de antemano de que no habrá sanción por estos crímenes.
Le pido a Dios en mis oraciones que tenga misericordia de nosotros y sane esta tierra de aquellos ojos indolentes que debieran verlo todo, como él. “Y lo vio Dios, y se encendió en ira por el menosprecio de sus hijos y de sus hijas. Y dijo: Esconderé de ellos mi rostro, veré cuál será su fin; porque son una generación perversa, hijos infieles”. Deuteronomio 32:19-20.
José Marte Piantini es pastor
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