Haití, comprende la tercera parte de la isla La Hispaniola, al oeste de República Dominicana.
Área: 27.750 km2; población: 10 millones de habitantes. Renta per cápita: más baja del hemisferio Occidental, la más pobre de América.
Desde hace años ha sido azotado por huracanes, dejando miles de muertos, desaparecidos y sin techo.
La pena y la desgracia otra vez abaten a nuestros vecinos haitianos: los ciclones, una sequía implacable y ahora este terremoto de fuerza descomunal y duración inusitada: (7.0 grados en la escala de Richter y 1.5 minutos) prácticamente ha destruido su capital, Puerto Príncipe, provocando el derrumbamiento de todas las edificaciones y la muerte de miles de haitianos que la necesidad y la urgencia ha obligado enterrar en fosas comunes, sin identificación y sin tumba digna donde elevarles una oración.
El escenario dantesco producido y que nos llega a través de las imágenes y noticias ha servido para conmover al mundo, un mundo globalizado en rapidez de comunicaciones, comercio de bienes y servicios; pero un mundo, lamentablemente, dividido, distanciado, elitizado.
Esta inmensa desgracia, sin embargo, de injustas proporciones, nos ha despertado y hecho comprender que a pesar de razas, idiomas, costumbres y credos distintos, somos habitantes de un mismo planeta y que nuestra condición humana nos catapulta a considerarnos y amarnos como hermanos; y como hermano de los nacionales haitianos, República Dominicana, nuestro país, el vecino inmediato de ellos, se ha volcado en su ayuda.
Demos gracias Dios por hacernos como somos, por concedernos esta solidaridad humana tan especial y maravillosa del dominicano.
Gracias Señor por darnos la oportunidad –aunque no deseada jamás de ésta manera– de demostrar al mundo que no somos enemigos de los haitianos como organismos internacionales y personas interesadas han querido achacarnos.
Nuestra República se ha sentido atrapada también por la desgracia haitiana, hemos llorado y padecido por ellos, nos hemos unido y cooperado como hacía mucho tiempo no veíamos a favor de una causa; no ha quedado un solo dominicano residente aquí y en otras latitudes sin cooperar con lo que puedan con el pueblo haitiano.
¡Qué la ayuda internacional para Haití no se quede circunscrita sólo a esta infausta ocasión!, ojalá las naciones más poderosas y ricas continúen su ayuda y sus aportes en todos los órdenes para levantar la conciencia y el desarrollo sostenido de ese país necesitado de mejor suerte.
Probado ante el mundo y el pueblo haitiano está que los dominicanos somos sus amigos y que compartimos con ellos no solo la isla sino también sus alegrías, sus penas y su destino.
Ligia García es abogada
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