Hay que verlo para creerlo, fueron las primeras palabras del presidente Rene Préval para describir el panorama de desolación que dejó en la nación que dirige el terremoto de mayor intensidad en la historia de la región, y Haití, un país que no tenía de nada, ahora lo ha perdido todo, los muertos están esparcidos por todas partes; podrían llegar hasta 100 mil dijo el jefe del gobierno cuando advertía que él mismo ya no tenía una casa para ir a dormir.
En siglos Haití no ha conocido la recuperación y a prácticamente meses de que el mar sepultara Gonaïves y causara miles de víctimas, la nación más pobre del hemisferio occidental es impactada nuevamente por la tragedia.
Si algo podría decirse con toda seguridad, es que Haití no estaba preparado para enfrentarse a nada, y no extraña que esta nueva embestida de la naturaleza lo haya dejado herido de muerte; sucumbió la Casa de Gobierno, la Catedral, la sede del Congreso y todas esas pocas cosas que, aunque moribundas, lo identificaban como nación.
Aunque somos una nación pobre y con un cúmulo de problemas que también nos agobian, los dominicanos no debemos escatimar ningún esfuerzo para compartir lo poco que tenemos con nuestros vecinos y hermanos haitianos, a quienes la naturaleza otra vez acaba de atacar con tanta furia que hasta los despojó de su obispo, para que hasta Dios se sienta entristecido por la catástrofe.
Esta tragedia sin parangón debe por cierto hacer sonar la alarma en nuestro país, para que comencemos a prepararnos para cualquier eventualidad de esta misma naturaleza en el futuro, pues las fallas geológicas que han provocado este sismo con cara de monstruo, son las mismas que nos acechan y amenazan para atacar en cualquier momento.
En la última década, la capital dominicana y otras ciudades han visto un inusitado crecimiento hacia arriba, las torres se construyen cada vez más altas, tanto que casi alcanzan el cielo, aún cuando siempre hemos estado advertidos de que lo que acaba de consternar a la humanidad con su ataque a Haití, podría sorprendernos en cualquier momento.
Ya sabemos hasta de qué magnitud podría ser posible el “sacudión” que nos amenaza.
Si en Puerto Príncipe hubiesen existido los altos edificios que abundan en este lado de la isla, la pérdida de vidas humanas sería imposible de cuantificar.
Haití cayó con más facilidad porque su infraestructura inmobiliaria era demasiado frágil, pero un terremoto de 7.0 grados es capaz de reducir a escombros hasta las capitales más modernas y robustas del mundo.
Rosendo Tavárez es periodista
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