Como muchos de los temas más profundos de nuestras vidas, todos tenemos una noción propia sobre qué es la felicidad, pero nos resulta muy difícil explicarla. Ocurre lo mismo al pensar en conceptos como "justicia" o "solidaridad".
Asimismo, cuando pensamos en felicidad vemos sus efectos, pero pocas veces analizamos con cuidado sus causas: ¿qué nos hace felices?
¿Es posible que esta felicidad sea un estado permanente?
También nos prestamos a confundir la felicidad con la conquista de objetivos personales y materiales carentes de un idóneo y equitativo soporte social, creyendo que solo por medio de ellos alcanzaremos a plenitud niveles de felicidad que ciertamente no logramos palpar y vivir realmente.
Guiado por dicha forma de proceder es que, en nuestros tiempos, asumimos comportamientos por medio de actividades y cosas que nos brinda el mundo de hoy en día, buscando en ellas un solo objetivo: la felicidad, pero teniendo con la simple obtención de cosas materiales resultados negativos y perjudiciales que nos convierten en prisioneros de una creciente ansiedad generada por deseos y aspiraciones que no logramos satisfacer y alcanzar.
A propósito de lo señalado, sería interesante que nos respondamos las siguientes preguntas: al tener hijos, cuando ellos nacieron por lo general estuvimos felices y dichosos, ahora bien, ese sentimiento de felicidad, ¿nos lo dieron los hijos o ya estaba dentro de nosotros?
Cuando al fin logramos conseguir alguien a quien amar profundamente y nuestro amor fue correspondido, ¿la felicidad estaba en la otra persona o dentro de nuestro corazón? Cuando nos dieron un empleo o negocio con el que soñamos, ¿el sentimiento de alegría estaba en el empleo o negocio o dentro de nosotros? Cuando obtuvimos el dinero con el que soñamos, ¿el sentimiento de regocijo estaba en el dinero o dentro de nosotros?
Dentro de las respuestas a las referidas interrogantes en las metas y anhelos que debemos lograr, nos corresponde asimilar que la felicidad, la alegría, el amor y otros sentimientos que nos agradan, se encuentran dentro de uno mismo. Los acontecimientos externos provocan el surgimiento de tales estados emocionales superiores, pero ellos siempre están allí, esperando el momento propicio para llenar el corazón, la mente y todo nuestro ser.
Como parte esencial de dichos cometidos, debemos revisar como colectividad social y como persona nuestra actitud hacia los problemas y las preocupaciones, las cuales, pese a que siempre estarán presentes en nuestras vidas de una forma o de otra, requerirán de una actitud positiva y una esperanza continua, ya que si nos dejamos atrapar por el pesimismo, estancaremos nuestras vidas y el futuro de la sociedad.
Asimismo, debemos proponernos lograr, para ser realmente felices, el desarrollo de cierta sensibilidad hacia las buenas relaciones humanas y el bien común, dado que la felicidad que debemos procurar dentro de nuestros problemas y dificultades debe implicar, para cada uno en particular, la estabilidad, la seguridad y la esperanza que nos asegura la vocación de bien y la práctica del amor y la caridad hacia nuestros prójimos.
La felicidad que debemos alcanzar para las familias dominicanas, y para cada uno en forma particular, en estos tiempos de crisis económica y de preocupante resquebrajamiento de los valores morales y sociales, como de gran fragilidad en los liderazgos político y social, debe ser el resultado de un esfuerzo colectivo constante, que conduzca la nación hacia senderos y horizontes en los que prevalezca la paz, la justicia y el desarrollo social que urgimos y requerimos.
Ysócrates Andrés Peña Reyes es director general Consejo Regional de Desarrollo, Inc., (CRD).
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