Miércoles, 16 de mayo de 2012 | 11:36 pm

Rafael Caldera

Lunes 04 de Enero de 2010 Pedro Delgado Malagó
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El funeral de Rafael Caldera, dijo la prensa, se realizó entre familiares y amigos. No hubo honras fúnebres de Estado, como lo exigía su rango de antiguo gobernante de una de las cinco naciones liberadas por Bolívar.

Sin cañonazos, sin espadines al aire: tan sólo las notas de “Gloria al bravo pueblo” despidieron al doctor Caldera en su oscura partida terrenal.

Hace ya 16 años que publiqué (en el segundo número de la revista Rumbo, en enero de 1994) un escrito titulado: ¿Caldera?: sí; ¿Populismo?: tampoco. De algún modo, anticipaba allí el desenlace de las ideas que Rafael Caldera implantó en su segundo mandato (1994-1999). Temía por aquella disolución atolondrada de las bases de un sistema de gobierno --aunque imperfecto, aunque ásperamente descuidado-- que propiciaba la consolidación de un régimen alejado de la barbarie del cuartel, apuntando hacia los valores netos de una democracia capitaneada por Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y el propio Rafael Caldera.

Mis pronósticos del 1994 se cumplieron con sombría precisión. “Viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado”, el ex presidente Caldera exhaló sus últimos aires el pasado 24 de diciembre. Al descender a lo ignoto, renovaba él la melancolía de Simón en el diciembre de 1830, volcada en su misiva a Pedro Briceño Méndez. Y se llevaba consigo, además, el tramo postrero de una historia venezolana que comenzó en 1958, a modo de plegaria de fe republicana, en su residencia caraqueña de Punto Fijo; para culminar con la ignominia de Tirofijo, como turbadora insignia de una tragedia continental.

En la distancia, amo y me duele Venezuela con un furibundo ardor ancestral. Desciendo de un abogado de la ciudad venezolana de Coro que se acogió, a finales del siglo XIX, a la generosa devoción dominicana. Que sirva la transcripción de aquel escrito de 1994, justamente, para manifestar mi íntimo aprecio por aquella tierra y por su pueblo.

¿Caldera?: sí; ¿Populismo?: tampoco

Pedro Delgado Malagón. Los venezolanos son peritos en sueños, experimentados arquitectos de utopías. América —prueba al canto— es la invención de dos venezolanos, la quimera de dos venezolanos. En la cabeza turbulenta de Francisco de Miranda nació la independencia. Miranda hizo el nombre —Colombia— y esbozó un imperio independiente, desde el Estrecho de Magallanes hasta el paralelo 45 en la América del Norte.

El proyecto era un surtido de monarquía inglesa, imperio incaico, federación norteamericana y Roma de Césares. Don Francisco muere en La Carraca, un presidio gaditano, y sus restos se pierden para siempre. Un cenotafio aguarda, desde 1896, las cenizas descarriadas del Precursor.

La de Simón Bolívar es otra historia. De él heredamos la certeza iluminada, el credo excelso, la furibunda religión americana. Pero Bolívar es, a un tiempo, Prometeo y don Quijote, Hamlet y Godot. Al lado de Simón Rodríguez, su maestro, Bolívar reza en el Aventino.

Después atraviesa los Andes a caballo, redime cinco naciones de la coyunda española y, al final, se transforma en un ateo de su propio evangelio. La idea bolivariana cae en el olvido antes de realizarse. Al morir en Santa Marta, el Libertador se declara “viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado”.

Con predecesores tan notables, ciertamente, los venezolanos de hoy pueden percibirse a sí mismos como fogueados soñadores, como diestros forjadores de quimeras. Sólo cabría una acotación: Bolívar y Miranda codiciaban el futuro, lo porvenir: lo arduo, en suma. El venezolano de hoy, valga la desemejanza, reclama el Paraíso Perdido, el extravío de unas horas delirantes que la memoria colectiva se resiste a deshacer.

La gran riqueza venezolana transitó del estado sólido al estado gaseoso —se sublimó— en menos de veinte años.

El “oro negro” fue convertido en aparatosas vendimias estatales, en subvenciones al consumo, en dólares emigrantes... en Old Parr. Los quebrantos de la economía hicieron que el sueño venezolano de 1988 apuntara de nuevo hacia Carlos Andrés Pérez.

Se apelaba a un artífice del embeleco popular. La gente recordaba: dólares baratos, combustibles baratos, jubilosas dádivas a manos llenas. Así fue la primera vez. Pero los tiempos eran otros. Con las reservas agotadas y una deuda externa que casi triplicaba las exportaciones anuales de petróleo, Pérez no tenía opciones. Y se vio apremiado a la dureza.

Al cabo de tres años de frugalidad, la efervescencia colectiva encarnó en Hugo Chávez, un expresivo coronel amotinado que, en tanto recitaba a Neruda, hacía pública su voluntad de luchar contra el neoliberalismo, el FMI, el Banco Mundial, el BID y la ONU. Ya en el cuarto año surgen las querellas de corrupción contra Carlos Andrés. Así, antes de concluir su mandato, Fuenteovejuna arroja a la calle al Presidente Pérez. Y nuevamente Venezuela se lanza en pos del vellocino de oro. Sólo que esta vez la mirada se dirige al venerable Rafael Caldera, y descubre cualidades inéditas en el añejo abogado socialcristiano.

¿Es la elección de Caldera un obcecado recurso a la nostalgia? Claro que sí; no cabe duda. Esfumados Betancourt y Leoni, de aquella Venezuela idílica sobrevive apenas la borrosa figura del cabecilla verde; la imprecisa viñeta de quien, tan sólo por buena estrella —y escasamente 20 mil votos—, superó a Gonzalo Barrios en 1968, cuando Luis Beltrán Prieto amputó las piernas de Acción Democrática.
Y ese fue, con todo, el único éxito de Caldera. Luego se estrelló patéticamente contra el zafio Lusinchi de 1983.

En 1988 ocurrió el desaire de Copei y la afloración de Eduardo Fernández, su caro delfín. Más tarde vino la renuncia, el abatimiento, la transfiguración.

Entonces aislado, Caldera se proveyó de una estoica mecedora, convocó a la troupe y sin demora inició los ataques al FMI, a la apertura comercial y al programa de estabilización económica de Carlos Andrés. (Toda analogía con mecedoras nacionales, vivas o muertas, es simple coincidencia.) Y como era previsible —venezolanamente previsible— Caldera triunfó. (¿Por qué triunfa allá y fracasa aquí la mecedora? Sencillo: el último de los taínos desapareció en el siglo XVI, y de esta tierra apresurada jamás brotó petróleo).

Un puñado de viejos guerrilleros guevaristas declara a Caldera como “Recurso de la Patria”. La Venezuela melancólica, la neurasténica Venezuela, descubre ahora que el reverendo ex Presidente es dueño de cautivantes atributos (ninguno de los cuales al parecer quiso exhibir, ni nadie advirtió, antes de sus 77 años).

No sé la razón, pero veo trasuntos de la utopía de Miranda en el gobierno de Caldera. Un sobrecargado cóctel que incluye el Emperador socialcristiano, los ministros ácratas y bolcheviques y el Senado de los “Caciques” vitalicios. Faltaría Hugo Chávez en el caldo. Quizás resulte el perfecto ministro de Defensa, en un gabinete junto a Petkof, Pompeyo Márquez y José Vicente Rangel. Que Dios guarde a Venezuela.

Temo que si Caldera lleva a cabo lo que prometió, si ejecuta siquiera una parte de la inmensa necedad que fue aquel prontuario electoral, terminará sus días como el Libertador: “viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado”. Sólo que sin Carabobo, sin el recuerdo de Manuela y sin un García Márquez que 150 años más tarde le escriba “El populista en su laberinto”.
Pedro Delgado Malagón es arquitecto

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