La nostalgia de estos días nos abate insistente —y por lo que he leído–, no sólo a mí, sino a muchos de mi generación. Y es que extrañamos las navidades que en nuestras infancias vivimos, fueron tan pródigas, felices y placenteras que aún invaden nuestros recuerdos y nos transportan a añoranzas tan queridas.
El pensamiento libre se traslada al pasado en que había celebración real de la Navidad, unión de los familiares, amigos, compadres. Me remonto a los días finales de noviembre en que en febril actividad se pintaba o retocaba la casa (mi madre decía que “sin pintura en la casa no había Pascuas”) siempre tan activa y organizada, comenzaba los preparativos con bastante tiempo; se confeccionaban bolas en papel rojo o blanco (eran los colores navideños que identificaban la época, no se conocían dorados ni plateados para esas ocasiones), se cortaba el papel en tiras que se unían dejando un espacio sin pegar entre uno y otro, que al abrir formaban bolas con los centros en forma de rombos.
Con ellas se adornaban las escuelas y las casas, ¿las recuerdan? Después, la puesta del arbolito, en que junto a la madre íbamos sacando de sus funditas, los mismos adornos año tras año, las mismas bolas brillantes, el mismo nacimiento, etc., jamás pensar en los costosos adornitos usados ahora, en que decorar un árbol de Navidad cuesta un ojo de la cara y la mitad del otro… ¡ah! Esas instalaciones de luces a colores que venían en tubitos largos de vidrio transparente con agua en su interior que al enchufarse hervían y parpadeaban incesantemente dentro de su esfera, lo cual constituía para los inocentes niños de mi época un indescifrable misterio, ¡oh, qué lindos eran! y no se quemaban nunca, los de ahora es imperativo cambiarlos constantemente, no duran de un año para otro, si hubiéramos conservado aunque fuera una de esas “maravillas” hoy la exhibiríamos cual reliquia.
El mismo 24 en el día, repasábamos la “lista de juguetes que pediríamos al Niño Jesús, que conforme a la costumbre cibaeña “ponían” esa noche, por tanto debíamos acostarnos temprano a esperar, pasar la larga noche casi sin dormir, despertando a cada rato a tentar con las manitas la cama en la obscuridad, para comprobar si ya había “pasado” el Niñito Jesús, habiéndole dejado al pie del arbolito la carta con los pedidos, algunos cigarros para agradar a San José, yerba y agua para los camellos en que viajaban cargados de juguetes para nosotros y todos los niños del mundo, ¡cuánta inocencia y gozo!
Continuará.
Ligia García es abogada
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